
| ETAPA2 Zamora - Almendra |
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Zamora-La Hiniesta-Valdeperdices-Almendra (23,60 kilómetros)  Pleno invierno, aunque el dÃa acompaña a los caminantes. Zamora es el punto de partida del camino portugués, primera etapa de un proyecto que pretende llevarnos hasta Santiago de Compostela, incluso hasta Finisterre. Todos damos por buena la idea de iniciar la jornada con un desayuno de café o chocolate con churros que facilita el contacto con los desconocidos, iniciarnos en la conversación y disertar sobre tan apasionante experiencia: el Camino de Santiago. Â
A las 8.45 de la mañana enfilamos la calle de Santa Clara hasta la iglesia de La Magdalena (S. XII), uno de los más bellos templos románicos que adornan la ciudad, para tomar a la derecha la dirección hacia el bosque de Valorio. El Camino Portugués arranca por el "pulmón de Zamora", un inicio agradecido entre arboledas, el 30 de enero peladas y secas por un invierno muy frÃo y carente de agua. La intensa helada de la noche deja su huella en bancos, farolas y el suelo, manchado con un fino manto blanco que durará un suspiro.
El dÃa es claro y se adivinan los rayos del sol. «¿Qué Cristo es hoy?», pregunta una mujer sorprendida por la caminata del grupo en dirección a la ermita del Cristo de Valderrey, donde llegamos a las 9.35 horas. El camino, cada año recorrido por miles de romeros, se presenta en esta ocasión solitario, libre, y permite una observacón Ãntegra del pequeño templo, donde se dice que la Virgen se apareció al Rey Sancho IV.La claridad del dÃa ofrece un horizonte inacabado y permite observar desde lejos las casas de La Hiniesta, primer pueblo del recorrido, que se adentra en la Tierra del Pan por un camino llano y pedregoso, arropado por praderas y pequeños huertos, ahora deslucidos por los rigores de la estación invernal, pero esplendorosos en la antesala del verano. A un lado y otro del sendero, naves y algunas casas aisladas que se encargan de guardar con celo perros ladradores. Aunque se muestran muy revoltosos al paso del peregrino, no hay problema con ellos porque están atados o encerrados tras las verjas. Campos de labor, se adivinan de cereal principalmente, completan el paisaje que comunica el territorio de Zamora con la comarca del Pan a la que da nombre el fruto gramÃneo que domina por esos pagos. La llegada al pueblo de La Hiniesta, siguiendo siempre la flecha amarilla que va trazando camino, coincide con los primeros rayos de sol. Son las 10.30 horas y, tras atravesar el regato, enfilamos una cuesta que conduce a la Iglesia, situada en un alto y dominando la estructura de un casco urbano propio de la estepa castellana. Cada Lunes de Pentecostés miles de zamoranos acompañan a su patrona, la Virgen de la Concha, que se reencuentra con su prima la de La Hiniesta en una popular romerÃa que adorna el calendario de celebraciones en la provincia. El pórtico gótico es el elemento más bello del templo de La Hiniesta; ofrece un visión muy estimulante que invita a observar con detalle las esculturas de una portada dominada por escenas bÃblicas. Dentro del templo, donde se venera a la Virgen de La Hiniesta, el sacerdote ultima los detalles de la misa dominical. La credencial se puede sellar en su casa, a cincuenta metros de la Iglesia, donde su hermana Matilde se encarga, en su ausencia del párroco, de tal menester. El pueblo cuenta con bares para reponer fuerzas. A las 10.45 h. abandonamos La Hiniesta entre el ruido de las gaitas y el trajÃn de las mujeres ataviadas con los trajes tÃpicos para celebrar la fiesta de Santa Agueda, de gran arraigo en la Tierra del Pan. La ruta toma dirección hacia Valdeperdices por un camino que rompe la monótona llanura dominante hasta ahora. La tierra baldÃa y llana se torna en hermosas manchas de arboleda que rompen la uniformidad del paisaje, formadas fundamentalmente por pinos y salpicadas por alguna encina que se extiende desde la carretera N-122 al camino paralelo que llevará hasta San Pedro de la Nave. Entre los árboles que pueblan la Dehesa de Palomares brota la jara que ya muestra su olor inconfundible, aunque no regala —eso llega en primavera— la hermosa floración que tiñe de blanco las veredas. Ahora el caminante ha de conformarse con la observación de un paisaje grato a la vista, con el verdor aún pardo de los pinos y con los prados vallados para el ganado; en enero están pelados, pero en primavera se presentan plagados de flores. A lo largo del trayecto se observan también algunos fresnos y pequeñas charcas, que encontramos heladas. Atrás queda La Hiniesta y por delante, desde una de las cotas más altas del trayecto que supera los 800 metros, aparece la atractiva visión de los restos de la antigua venta de Palomares, donde antaño hacÃan un alto los viajeros con burros y caballos.Eran otros tiempos y las ruinas asà lo indican. De aquella actividad no quedan más que vestigios, las últimas piedras aún en pie que se encargan de recordar el pasado. Proseguimos el camino hasta llegar, a las 13.15 horas, a Valdeperdices, un pequeño pueblo que deja un buen recuerdo en el caminante. El bar o club de jubilados, regentado por Antonio y Ana, recibe al forastero con buen humor y mejor trato. Chorizo de la casa, jamón o un taco caliente en la plancha «que he puesto para "mis niños"» —asà se expresa Antonio cuando habla de los peregrinos— permiten reponer fuerzas entre una espléndida acogida. Cuenta Antonio que la afluencia de peregrinos aumenta año a año y que ya ha llegado alguno con referencias de otros caminantes. Es por ello que los hosteleros se han preparado para saciar el hambre y la sed del que hace parada en esta ruta portuguesa. Es domingo y eso se nota en el bar. A esa hora ya se hay dos mesas de jugadores, estrictamente delimitadas: una de mujeres y la otra de hombres. Algunos aparecen de niños en las fotografÃas que adornan las paredes. Promociones de escolares con grupos numerosos que, hoy, ni por asomo existen. Eran tiempos en que habÃa escuela, «con treinta y cuarenta chicos, y otras tantas chicas», reuerda una vecino. Son las 13.45. Tras el refrigerio se reanuda el camino hacia San Pedro de la Nave, no sin antes pasar por la Iglesia de Valdeperdices y observar a la entrada el monolito de la ruta peregrina colocada por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago VÃa de la Plata. El trazado conduce hasta Almendra, a poco más de dos kilómetros por la única zona asfaltada. Ahora hay que tomar la carretera, muy poco transitada por los coches. Vecinos de ambos pueblos utilizan la vÃa para el paseo y no es raro, si el tiempo lo permite, encontrarse alguno y recibir un caluroso saludo de ánimo y muchas ganas de conversación. ![]() A las 14.16 horas llegamos a Almendra, donde se da por concluido el camino con San Pedro de la Nave (El Campillo), a tiro de piedra. En el pequeño portal de la iglesia de Almendra aprovechan el rescoldo del sol Daniel Alvarez y Carolina Antón. Hablan de sus años jóvenes, cuando podÃan con todo; «hemos corrido mucho, pero ya se ha fastidiado. Ahora paz y buena bolla». Cuentan de su hijo salesiano, del que se ha quedado en el pueblo con la labor, de sus achaques, de su curiosidad por el camino. «¿Vienen desde Zamora?. Eso lo hacÃamos antes con el burro. Anda que no ha trabajado una...». Las manos de Carolina prueban esa vida que no por dura es menos añorada.
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El dÃa es claro y se adivinan los rayos del sol. «¿Qué Cristo es hoy?», pregunta una mujer sorprendida por la caminata del grupo en dirección a la ermita del Cristo de Valderrey, donde llegamos a las 9.35 horas. El camino, cada año recorrido por miles de romeros, se presenta en esta ocasión solitario, libre, y permite una observacón Ãntegra del pequeño templo, donde se dice que la Virgen se apareció al Rey Sancho IV.
La ruta toma dirección hacia Valdeperdices por un camino que rompe la monótona llanura dominante hasta ahora. La tierra baldÃa y llana se torna en hermosas manchas de arboleda que rompen la uniformidad del paisaje, formadas fundamentalmente por pinos y salpicadas por alguna encina que se extiende desde la carretera N-122 al camino paralelo que llevará hasta San Pedro de la Nave. Entre los árboles que pueblan la Dehesa de Palomares brota la jara que ya muestra su olor inconfundible, aunque no regala —eso llega en primavera— la hermosa floración que tiñe de blanco las veredas. Ahora el caminante ha de conformarse con la observación de un paisaje grato a la vista, con el verdor aún pardo de los pinos y con los prados vallados para el ganado; en enero están pelados, pero en primavera se presentan plagados de flores. A lo largo del trayecto se observan también algunos fresnos y pequeñas charcas, que encontramos heladas. Atrás queda La Hiniesta y por delante, desde una de las cotas más altas del trayecto que supera los 800 metros, aparece la atractiva visión de los restos de la antigua venta de Palomares, donde antaño hacÃan un alto los viajeros con burros y caballos.