|
El camino de la VÃa de la Plata atraviesa la provincia de norte a sur siguiendo la estela de un trayecto histórico que une Sevilla con la costa asturiana, en lo que durante la romanización fue la gran calzada que desde tiempos del medievo se utiliza como vÃa peregrina a Santiago. La VÃa de la Plata penetra en la provincia de Zamora por la carretera N-630, a través de El Cubo de la Tierra del Vino, un municipio donde el peregrino recibe siempre la calurosa acogida de don Tomás, el párroco, que desde hace veinticinco años despliega generosidad y sensibilidad con la causa jacobea. Hombre afable y bonachón, don Tomás atesora un fecundo legado de cartas y agradecimientos de peregrinos que se toparon con su hospitalidad. Y en El Cubo también el Ayuntamiento dispone de un albergue que garantiza el descanso de quien decide hacer parada en el pueblo de la VÃa de la Plata. 
Desde El Cubo, la ruta parte de la iglesia, donde se encuentra el albergue parroquial, para discurrir paralela a la vÃa del tren, que aunque está inservible mantiene toda la estructura. Son unos cinco kilómetros por un camino de tierra tÃpico de la llanura castellana. El trazado es inconfundible; a parte de disponer de una buena señalización, la vÃa ferroviaria sirve de guÃa entre campos de maÃz y cereal salpicados por algunas encinas que se agradecen en un paisaje uniforme y algo monótono. Cuando termina la referencia de la vÃa se gira a la izquierda y en seguida a la derecha, continuando la senda de tierra, donde no es raro encontrarse con tractores que acuden a los campos al laboreo. A medida que avanza el camino comienzan a vislumbrarse las parcelas de viñedo y bacillares que ornamentan la ruta; el camino toma altura y a lo lejos, a la izquierda, se puede ver el pueblo de Cabañas de Sayago. Es la Tierra del Vino, y las vides mandan a un lado y otro hasta que una columna de piedra, con la concha del peregrino labrada, indica la entrada en el término de Villanueva de Campeán a lo largo de la llamada "Calzada". Después de dos horas de camino se vislumbran a lo lejos las ruinas del Monasterio del Soto, un antiguo convento franciscano que aún conserva parte de su estructura de piedra, sobre todo la portada renacentista. El convento ofreció en tiempos hospedaje al peregrino que atravesaba la calzada romana de sur a norte, pero actualmente se encuentra abandonado a pesar de estar declarado Bien de Interés Cultural. En Villanueva los vecinos están acostumbrados al paso de los peregrinos. Cuando los atisba, Ramón Blanco interrumpe la faena en la viña y responde gustoso a las inquietudes en torno al majestuoso Convento del Soto. El hombre está familiarizado con la decrépita estampa pétrea y da fe de la solidez del edificio. «No, eso no se cae», responde cuando se le habla del progresivo deterioro. «¡Qué se yo lo que lleva asÃ!. Qué trabajadores eran para hacer eso y que piedras, porque a lo mejor pesan cien kilos. ¡Cómo las subirÃan entonces; digo yo!». El hombre se desvive con los caminantes. ¿Pasan muchos?, «¡muchos!. Cada dÃa más. Mira, ayer pasó uno en caballo, otro dÃa fueron cinco, otros en bicicleta o a pie. Raro es el dÃa que no pasan menos de cinco o seis». La entrada en Villanueva de Campeán es inconfundible, como todo el trayecto, que está perfectamente señalizado. Se accede por el cementerio para continuar por la calle Calzada y en seguida, a la izquierda, hay un bar donde es posible refrescarse y comer algo. Nieves y Aurelio conocen bien los avatares de los peregrinos; él es un «enamorado» del Camino, confiesa, y se ha encargado de señalizarlo por la zona. La sensibilidad con la causa jacobea se aprecia desde la primera pisada en el término de Villanueva de Campeán, señalizada con un monolito de piedra, igual que al fin del lÃmite. Este pueblo puede presumir, además, de contar con un albergue de peregrinos en toda regla. No se puede decir que antes estuviera desamparado, pues existÃa un espacio habilitado en las antiguas escuelas que ofrecÃa un digno reposo. Ahora mantienen los dos espacios, pero el albergue, de diez plazas, ofrece todos los servicios que necesita el peregrino. «Aquà siempre han estado bien atendidos», comenta Aurelio desde el otro lado de la barra del bar que lleva un nombre muy acorde "VÃa de la Plata". Tras la parada en Villanueva prosigue el camino con la mirada puesta en Zamora. Aún queda una tirada de casi veinte kilómetros y sin un pueblo por el medio; todos van quedando a un lado y otro. La salida de Villanueva vuelve a estar bañada de viñedos y tierras de cereal. Alguna alameda rompe la monotonÃa de la estepa, también alterada por pequeñas colinas que quedan a la derecha mientras se deja atrás San Marcial, a la izquierda, y al otro lado El Perdigón. La ruta prosigue por la carretera -Entrala-San Marcial-, el único tramo de asfalto que en seguida reconduce al camino de tierra. Paso a paso comienzan a distinguirse las primeras edificaciones de la urbe zamorana, que aumentan a medida que se queman metros. La Catedral domina la estampa de la urbe zamorana, a la que se accede por el PolÃgono de Los Llanos para enlazar con el barrio de San Frontis y cruzar el puente de piedra. La gran ciudad del Románico exhibe en seguida sus encantos. El Duero, el Puente Romano, las empinadas cuestas, la Iglesia de San Cipriano, el Palacio de la Encarnación. La ciudad merece una parada reposada. Sólo tiene un inconveniente, que aunque parezca increÃble no dispone de albergue de peregrinos.
|